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La Torre de Belém es el símbolo de Lisboa: una torre fortificada de principios del siglo XVI, levantada en la orilla del Tajo para defender la entrada del puerto y saludar a los barcos de los descubridores que partían hacia África, la India y Brasil. Es una de las obras maestras del estilo manuelino, con balcones, garitas, cuerdas talladas en piedra y una curiosa escultura de un rinoceronte, que recuerda al que el rey Manuel I recibió de la India y regaló al Papa.
Es Patrimonio de la Humanidad junto al Monasterio de los Jerónimos. El interior es pequeño y se sube por una escalera de caracol estrecha hasta la terraza superior, con vistas al río; las colas suelen ser largas, así que lo mejor es ir a primera hora o contentarse con la vista desde fuera, que es la más bonita. Al atardecer, la piedra se vuelve dorada. A un paseo están el Padrão dos Descobrimentos, el MAAT y los Pastéis de Belém.